OPINIÓN // Por Mario Mora

“Pablo comenzó a estudiar trombón de varas en el conservatorio de su ciudad cuando tenía 8 años. A pesar de que su abuela y su tío le decían que dónde iba con ese instrumento, que eso es un instrumento de chicas y que además es muy grande, Pablo siguió estudiando trombón de varas, muy feliz con sus avances clase a clase.

Pablo era el único chico en la clase de trombón de su conservatorio, y a veces tenía que aguantar alguna risa y alguna broma, pues ¿qué hacía un chico como él con un instrumento tan femenino como el trombón de varas? Pero su amor por su instrumento pudo a aquellas críticas y siguió hasta que terminó el conservatorio.

Cuando tenía 18 años, quiso entrar en el Conservatorio Superior de la capital. De nuevo, ante decenas de candidatas, era el único hombre en la lista de trombón, aunque él no creía que eso pudiese jugar en su contra. Finalizó muy contendo su prueba, pero no tuvo suerte: había suspendido el examen. Poco después, supo que un miembro del tribunal se negó a aprobarlo, pues, según discutían, “un hombre no puede estudiar una carrera superior de trombón, ya que sería ridículo verlo en una banda o en una orquesta”.

Pablo pudo finalmente estudiar en un centro superior privado, y sacarse la carrera para ser un gran trombonista. Durante sus estudios superiores soportó muchos chistes, comentarios de amigas diciéndole que él no tenía la capacidad, por ser hombre, de tocar el trombón; que eso era un instrumento solo de mujeres, y que jamás se podría dedicar a ello profesionalmente. Con todo ello, a Pablo le abofeteó la realidad: solo uno de cada 25 candidatos que ganaban una plaza de trombón en una orquesta eran hombres. Su sueño, tocar en una orquesta profesional, era cada vez más complicado.

Con gran esfuerzo y recibiendo muchas risotadas y comentarios, Pablo continuó presentándose a muchas pruebas de orquesta, llegando a muchas finales, pero siempre, en el último momento, nunca era admitido.

Hoy pablo trabaja en un comercio familiar. Recuerda sus horas con el trombón con alegría, pero no con nostalgia, pues jamás querría volver a dedicar más tiempo a su instrumento”.

¿Suena a chiste, verdad? Una historia graciosa, inimaginable y sin sentido dentro del mundo de la música. Cámbiese el género, llámese la protagonista Paula y será una crónica de lo que algunas mujeres han tenido que soportar todavía hoy en el S. XXI.

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